martes, 2 de mayo de 2017

LO QUE SIGNIFICA LA CIUDADANÍA

El pasado 26 de abril, la directora del ICBF Cristina Plazas, hablaba en La W acerca de la necesidad de fortalecer la educación en ciudadanía.  


Al respecto, es común escuchar voces que piden volver a la Urbanidad de Carreño, aquel manual de buenas maneras publicado en 1853.


A mi juicio, plantear la discusión en estos términos sería inadecuado. La población colombiana, rural en trámite de urbanización, de la última mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX, dista mucho de aquella que colmó las ciudades de la década del 50 en adelante, y está lejos de quienes vivimos hoy en ellas –En 1925 Bogotá se proyectó para tener 800.000 habitantes en el 2050. En el 2016 contaba ya con 7.980.000 habitantes (Secretaría de Planeación Distrital).




Si bien es cierto que estas preocupaciones por el desarrollo y las costumbres de las poblaciones urbanas, planteadas desde mediados del siglo XIX, siguen presentes con mayores desafíos, el problema no se reduce a copiar mecánicamente un manual de urbanidad.


En la actualidad, los ciudadanos no siguen simples instructivos, necesitan sentirse partícipes y comprender qué de lo propuesto los involucra directamente.


Además, muchas de las grandes problemáticas sociales suceden de puertas para adentro de los hogares, como la violencia intrafamiliar o el abuso sexual.  


Es necesario apostar por un entendimiento de lo que significa ser ciudadano, explicando claramente el sentido que tienen las normas y el por qué es bueno para cada individuo aplicarse a su cumplimiento. E ir más allá, trabajar arduamente en el reconocimiento del Otro, como un ser en igualdad de deberes y derechos que debemos tolerar y respetar.


Es decir, llegar a un acatamiento de las reglas por convicción, en vez de crear más normas inútiles que no parecen disuadir a ningún infractor, debido en parte a que muchas de estas conductas se dan en la intimidad, y también a la ineficiencia del aparato judicial.  




Comentó la directora del ICBF un tema muy preocupante: la instauración social de referentes negativos, tipo Popeye (ex convicto y sicario de Pablo Escobar).  Por razones que parecen más de orden antropológico, a los humanos nos atrapan los actos de violencia y odio, y tendemos a darles un carácter épico.  


Si bien es cierto que es muy difícil competir en medios informativos con el amarillismo, la denuncia y el chismorreo, comparto la importancia de divulgar historias de vida con un alto sentido del deber y la ética.  Hay tanta gente del común llevando existencias respetuosas y honradas, que parece un absurdo concentrarse precisamente en criminales, para hacer de ellos los modelos de identidad nacional.

Más historias de personas del común y menos violentos o corruptos lanzados como ídolos. Más convicción y menos coerción en la regulación de nuestro comportamiento. Todo ello concentrando esfuerzos en los niños, regulando el tipo de información a la que ellos acceden. Y siendo cuidadosos también con lo que nosotros mismos consultamos y replicamos. Si queremos que nuestra sociedad cambie, busquemos otras formas de mirarnos y de nombrarnos.

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